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Algodones de azúcar y churros, la feria que sigue viva

Algodones de azúcar y churros, la feria sigue viva

Cuando veo de una máquina de hacer algodón de azúcar no pienso primero en un equipo, sino en una escena muy concreta de mi infancia. Es de noche, el suelo está lleno de papelitos de colores, las luces de la noria se reflejan en los charcos y yo camino de la mano de mis padres, tratando de abarcar con la mirada todo lo que pasa a la vez. En algún punto del recinto, el olor dulce del azúcar calentándose se mezcla con el del aceite donde se fríen los churros, y de repente sé exactamente hacia dónde quiero ir.

Siempre me llamaba la atención que, antes de ver el puesto, me llegaba olor que desprendía la freidora a gas, donde se fríen los churros. Primero llegaba el aroma, luego el murmullo de la cola, y al final, como un pequeño escenario iluminado, aparecía el toldo con su letrero de colores y, detrás, alguien moviéndose sin parar tras la máquina del algodón y la gran freidora donde bullían los churros. Era como asomarse a la cocina de un truco de magia.

La nube rosa que parecía un truco

Me fascinaba ver funcionar la máquina de algodón de azúcar, era magia pura. No entendía muy bien qué pasaba allí dentro, solo veía cómo el feriante echaba unas cucharadas de azúcar, a veces teñida de un rosa casi fosforescente, y cómo, poco a poco, empezaban a formarse hilos finísimos que se pegaban a las paredes del bol metálico.

A mí me parecía magia. El mago o maga del azúcar giraba un palo de madera con una paciencia que hoy casi envidio, y la “nube” iba creciendo sin prisa, ligera como el humo pero más terca, pegándose a todo lo que encontraba. Cuando por fin me la ponían en las manos, siempre pensaba que iba a durar mucho más de lo que realmente duraba. El primer bocado era puro impacto: esa textura que se deshacía al instante, la lengua teñida de color y los dedos pegajosos, mientras intentaba que el viento no se llevara la mitad.

A veces, cuando hoy paso cerca de una feria y vuelvo a ver una máquina de hacer algodón de azúcar girando, me quedo un rato mirando en silencio. No es solo el dulce; es la sensación de estar viendo repetirse un recuerdo que parecía guardado para siempre en un rincón de la memoria.

El sonido del aceite y el abrazo de los churros

Si el algodón de azúcar era la parte más mágica, los churros eran la parte más reconfortante. El sonido del aceite caliente tenía algo hipnótico: ese chisporroteo constante que acompañaba las conversaciones, los gritos de las atracciones y la música de fondo. Me gustaba quedarme mirando cómo la masa caía en forma de lazo o de rueda, cómo el churrero o la churrera, la cortaba con habilidad y con un gesto casi automático, la giraba para que se dorara por igual.

La freidora a gas era el corazón de ese pequeño mundo. No lo pensaba así entonces, claro, pero hoy entiendo que de esa temperatura justa dependía mucho del encanto del momento. Un churro blando o aceitoso podía arruinar el recuerdo; uno crujiente por fuera y tierno por dentro, recién espolvoreado con azúcar, como me gustaba y me sigue gustando, en cambio, lo arreglaba casi todo.

Había algo casi ritual en recibir el cucurucho de papel, sostenerlo con cuidado para no quemarse, compartirlo con quien fuera contigo. A veces era con mis padres, otras con amigos, más tarde con alguna pareja. El gesto era siempre el mismo: acercarse a la barra, esperar el turno, sentir el calor y el olor característico del aceite en la cara y salir de allí con esa mezcla de prisa por dar el primer bocado y calma por saber que ese momento había merecido la espera.

Ferias que cambian, recuerdos que se quedan

Con los años, las ferias han cambiado. Algunas atracciones ya no están, otras han aparecido llenas de luces y pantallas, la música es distinta y los premios de las tómbolas ya no son los mismos. Sin embargo, cuando vuelvo y dejo que el paseo me lleve sin plan, descubro que hay cosas que siguen exactamente en el mismo lugar: el puesto del algodón, la churrería, el stand donde el café humea en vasos de cartón. También las máquinas con las que se preparan estas maravillas de nuestra infancia deben ser de gran calidad, y mis amigos de Inblan llevan casi 70 años suministrando y apoyando a los feriantes para que las ferias sigan vivas y presentes en nuestros recuerdos.

Me hace gracia pensar que ahora soy yo quien se queda un momento apartado, observando a los niños que miran la máquina como yo la miraba, o a los adolescentes que comparten un churro mientras se ríen de cualquier tontería. Ellos están construyendo sus propios recuerdos sin saberlo, igual que hice yo. Para ellos, esa máquina que gira y esa freidora que no descansa quizá sean solo parte del paisaje; en unos años, puede que también sean una puerta directa a la nostalgia.

Lo que antes era una noche larguísima ahora se me hace más corta. Pero sigue teniendo ese punto de desconexión en el que los problemas se quedan a la entrada del recinto y, por un rato, solo importa elegir entre una nube rosa o un cucurucho de masa dorada.

Un ancla dulce al pasado

No suelo guardar demasiados objetos de aquellas ferias, apenas alguna foto desenfocada, un peluche que ya no sé dónde acabó o una pulsera de papel que alguien pegó en una libreta. Lo que sí conservo, sin que ocupe espacio, son esos sabores y ese olor pegajoso de azúcar y aceite caliente. Hay días en los que, simplemente, me viene a la cabeza una escena suelta: la mano de mi madre dándome el primer algodón, la de mi padre sujetando el cucurucho de churros para que yo no me quemara, el frío de la noche contrastando con el calor que subía del puesto.

Por eso, cuando veo una máquina de hacer algodón de azúcar o una freidora a gas para churros en cualquier feria, no las siento como máquinas anónimas; son casi como viejos conocidos que han seguido trabajando mientras nosotros crecíamos y cambiábamos. Siguen ahí, girando y burbujeando, sosteniendo sin saberlo esas pequeñas escenas felices que se repiten generación tras generación. Y quizá esa sea la verdadera magia: que, detrás de cada nube rosa y de cada churro crujiente, hay una forma sencilla de viajar de vuelta a la infancia, aunque solo sea por unos minutos.

Homenaje a los feriantes

Dentro de todo este recuerdo dulce de algodones y churros, a veces se nos olvida que la feria no se monta sola: detrás de cada puesto hay feriantes que viven casi todo el año en la carretera, durmiendo en caravanas y enlazando pueblo tras pueblo para que, por unas horas, otros podamos sentirnos niños otra vez. Ellos trabajan cuando los demás descansan, recogen de madrugada lo que hemos disfrutado de noche, cargan camiones, vigilan atracciones y cuidan los puestos de comida, muchas veces con la familia entera implicada, sabiendo que no siempre es un negocio fácil ni seguro. Y aun así, siguen ahí, levantando luces, encendiendo máquinas y freidoras, sosteniendo con su esfuerzo silencioso esa parte de nuestra memoria colectiva que llamamos feria.

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